Faltaban a penas seis meses para que se firmaran los acuerdos de paz en El Salvador. El Capitán Rodríguez regresaba del cuartel de Zacatecoluca. No vestía su traje de militar. Su visita al cuartel se limitaba a retirar sus cosas de las instalaciones porque lo trasladarían a una nueva asignación el estado mayor.
Transitaba por la autopista a Comalapa. Es muy posible que mientras manejaba su Toyota Starlet 89, pensara en que finalmente podría disfrutar su tiempo en compañía de su familia y quizás celebrar, como se debía, el cumpleaños de su hija con la piñata que le había prometido.
El aire se sacudió y lo siguió un momento de mucho estruendo, el sonido de la muerte, de la emboscada, de metralletas y finalmente la oscuridad y el silencio.
Más de 100 balas habían impactado y casi desecho la parte delantera del carro. La autopsia revelaba que su muerte había sido por desangramiento, 42 balas se habían incrustado de una forma letal por todo su cuerpo, exceptuando su cabeza y cara.
A pesar que los medios y El diario de hoy dio su encabezado como “Muere Coronel a manos del FMLN”, la propia familia duda que así lo haya sido. Están bastante seguros que fue asesinado por la misma fuerza armada. Durante la guerra de El Salvador la muerte era como la rueda de la fortuna, no sabías cuando te tocaría a ti. Ni pensar que los asesinatos que se daban en ese tiempo se investigarían. Se tomaban como frutos de formar parte de un bando. Por lo general si alguien moría se decía que habia muerto por guerrillero o comunista. O cómo en este caso, a manos de los rojos. Cómo se cubría el gobierno y la fuerza armada bajo esa cortina de humo.
En El Salvador siempre nos hemos preocupado por la violencia. La muerte por violencia es una latente constante. No se sabe cuando o como podría venir un golpe. ¿Qué tanto nos hemos acostumbrado los salvadoreños a esta “constante”? ¿Por qué se nos ha hecho tan normal hablar de la muerte de alguien o el asalto a un conocido? El rating de 4 visión confirma que muchos de nosotros disfrutamos de las imágenes crudas y sensacionalistas relacionadas con la muerte no natural. ¿Es la generación que nació en los ochenta una generación acostumbrada a la violencia?
Tenía aproximadamente 18 años cuando el papá de Ariel Rodríguez decidió hacerse militar. Su abuela renegó mucho la partida de su hijo menor a la Escuela militar. Y su preocupación no era en vano, la agitación popular anunciaba una guerra civil a gritos.
Pero la pasión del padre de Ariel por la carrera castrense iba mas allá de los miedos a la guerra, o las penurias por las que podría pasar en momentos de operativos, estos no eran fáciles, incluían un desgaste emocional además de físico que se justificaba mediante una de las 000afirmaciones000 que más repiten los militares… Hay que proteger la Soberanía nacional.
Alejandra, su hija que es quién me cuenta su historia, me comenta de cómo se repartieron las condecoraciones, medallas y trofeos que su padre gano en la época de la guerra evoca momentos de gloria. Premios a la tenacidad, esmero y lealtad al servicio de la fuerza armada que también recuerdan una época de sufrimiento, que solo la pasión por la profesión es capaz de mantenerlo fuerte y constante.
Un trofeo con un soldado levantando un arma reconoce al Capitán Rodríguez del batallón Atlacatl por su contribución, durante sus nueve años de servicio en infantería, a la detención del comunismo en el país. El mismo batallón Atlacatl que fue el culpable, según la comisión de la verdad, de la masacre del Mozote a finales de 1981. La mayoría de la población del Mozote, alrededor de 500 habitantes, falleció en dicho operativo de “limpieza a poblaciones comunistas”.
Ariel, hermano de Alejandra, a sus 21 años sabe que su papá perteneció a uno de los Batallones más sanguinarios y temidos de esa época, pero se rehúsa a verlo como un asesino. Era y seguirá siendo su padre, que durante sus licencias jugaba pelota con él, consentía a su hermana menor y dejo los mejores recuerdos de su infancia. Piensa y justifica que el Capitán Rodríguez simplemente tuvo que seguir órdenes de sus superiores.
El batallón Atlacatl era considerado como uno de los más especializados y sanguinarios a principios de los años ochenta. Considerado como la elite de los batallones, solo los militares destacados y disciplinados eran enviados a este batallón dirigido por el Coronel Domingo Monterrosa.
En la pared del cuarto de Ariel y su hermano están, también, los diplomas de participación de entrenamientos de la Escuela de las Américas, entrenamiento que Gobierno Estadounidense daba a este batallón. Estos entrenamientos eran muy extremos. El Capitán Rodríguez pasó días sin regresar a su casa, comió todo lo que pudiese o no pudiese comerse, le enseñaron a no tener escrúpulos a la hora de matar, lo desensibililazaron, le enseñaron formas de torturas y lo drogaron a la hora de cometer algunos asesinatos.
Es curioso que en El Salvador muchos de nosotros sintamos a la violencia parte del día a día. Después de los acuerdos de paz, el informe de la comisión de la verdad arrojó datos que si bien para muchos eran secretos a voces, terminó siendo la manera en que los salvadoreños reconfirmaron la violencia que sufrieron de parte de ambos bandos. El peligro de la guerra civil no solo venía de la Guerrilla, los secuestros o ataques estratégicos que el Frente realizaba. Sino, también, del gobierno de El Salvador que en muchos casos hacía uso del factor guerra para poder “desaparecer” a personas que no era nada convenientes o resultaban incomodas para esa época del país.
Despertó de golpe estaba empapado en sudor helado, lloraba desconsolado y temblaba. Su esposa trataba de reanimarlo y confortarlo, lo abrazó y le dijo que ya estaba en casa, que se tranquilizara. Si bien la droga que le habían dado en aquel operativo le había mitigado los escrúpulos, no era suficiente como para callar la conciencia y dejar de ver en sus sueños las imágenes de las caras de los niños ensangrentados y moribundos que habían pagado con su vida la equivocación de nacer en tiempos de guerra civil.
Poco ha cambiado la preocupación de los salvadoreños en el 2007. La violencia sigue siendo uno de las problemáticas que más nos preocupan. Ariel desea saber quién fue el responsable de la muerte de su padre y pensando constantemente en cuanto quisiera que él estuviera vivo. El otro año planea ingresar a la escuela militar y solo el sabe cuanto desearía poder tener la aprobación de su papá.